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Los papás y mamás siempre hacemos lo mejor que podemos y lo mejor que sabemos a la hora de criar. Cuando asumimos el cuidado de los niños, niñas y adolescentes, todo lo que nos asiste es lo asimilado a través de la cadena genealógica de padres y madres, abuelos y abuelas… Así es como terminamos respondiendo (casi siempre por inercia e inconscientes) según lo dictan las enseñanzas, los condicionamientos y las creencias que hemos heredado, sin cuestionarnos si estamos o no prodigando lo que nuestros hijos e hijas realmente necesitan. Asumimos que los niños y niñas son pequeños tiranos y que el papel de los adultos y adultas es civilizar y domar su naturaleza salvaje. Negados o negadas a la posibilidad de hacerlo diferente, cerramos el paso a nuevos enfoques o alternativas de criar con la común y lapidaria frase “esto se ha hecho así toda la vida y no nos ha pasado nada”.
Sumémosle a todo lo anterior el fenómeno actual que hace que el hombre y la mujer logren visibilidad, reconocimiento, independencia, aplausos, cuando ubican su identidad en el exterior (la profesión, el trabajo, el deporte…) y que la maternidad y la paternidad, en cambio, se recluyen en el ámbito interior e invisible de la subordinación al hogar y a los hijos e hijas. Así las cosas, los elementos están servidos para que las legítimas necesidades del niño, niña y adolescente, por naturaleza muy demandantes, entren en conflicto con la necesidad de autonomía del padre y la madre.
Según Laura Gutman, terapeuta familiar y autora argentina experta en crianza y maternidad, este conflicto de prioridades y disponibilidad entre progenitores y sus hijos e hijas que reclaman necesidades legítimas de atención, abrazo, mirada, conexión…, se convierte en la causa de una guerra constante. Los niños, niñas y adolescentes terminan por convertirse en enemigos que debemos vencer, luego echamos mano a los recursos heredados de generación en generación y que aún no somos capaces de cuestionar, como lo son el castigo, los gritos, las nalgadas, la retirada de la comunicación y el amor, subestimar o desoír los pedidos de los niños y niñas porque “son tonterías”, entre otras dinámicas violentas que a su vez siguen perpetuándose con el corolario de un mundo sumido en más violencia, caos, depresión, adicciones.
La crianza termina por convertirse en una empresa difícil y muchas veces desgarradora. Por una parte para los niños, niñas y adolescentes, quienes casi nunca terminan por recibir el buen trato y la atención suficientes a sus necesidades legítimas (hecho que los lanza hacia el desamparo emocional con los consiguientes problemas de “mala conducta”, violencia, enfermedades y otras manifestaciones de reclamos desplazados de sus necesidades primarias no satisfechas). Por otra parte, para el padre y la madre quienes sienten que nunca terminan de encajar en su rol de cuidadores y que muchas veces se encuentran desbordados por la responsabilidad o por la culpa.
Las batallas que se libran en el interior del hogar se multiplican y expresan a gran escala a través de la delincuencia urbana, el terrorismo, las guerras, y la grave condición de violencia que hoy constituye uno de los motivos de mayor preocupación en el mundo.
Si queremos que se construyan menos cárceles y hospitales, y deseamos un mundo más amable, con seres humanos realizados sobre sus virtudes, tenemos por delante el desafío de repensar el valor social que damos a la crianza. Reacomodar las posiciones en el orden que damos a las profesiones y oficios, llevar el rol de padres y madres al lugar más importante y contemplar la remuneración y el sostén necesarios para el desempeño del oficio más importante de la humanidad: criar seres humanos. Si queremos un mundo más humanizado, necesitamos elevar el pensamiento para darnos cuenta de que la disciplina y los derechos de los niños, niñas y adolescentes no son aceite y vinagre. Que se hace necesario dejar atrás el estilo autoritario de crianza donde mamá y papá ejercen como rey y reina de la monarquía del hogar y los hijos e hijas como súbditos obedientes. Necesitamos abrirnos hacia un enfoque de crianza más consciente, democrático, amoroso y respetuoso de los derechos de los niños, niñas y adolescentes. Un enfoque de disciplina humanizada que siempre supone más tiempo de conexión, compromiso emocional, esfuerzo y presencia de padres y madres, porque dar una nalgada es una “solución” más fácil y rápida que, buscar hasta encontrar, las razones tras determinado comportamiento de un hijo para atender la causa de un modo respetuoso, amoroso, compasivo y digno. Desde nuestra función de padres o de madres se nos impone la tarea de evaluar hasta dónde llega nuestra disponibilidad emocional para dedicarnos a atender las necesidades de los hijos y las hijas, y por último, crear redes de ayuda con familiares, vecinos, amigos, otros padres y madres… para no terminar aislados y saturados con la enorme demanda que supone criar.
Berna Iskandar
Conductora y productora de Conoce Mi Mundo
Emisora Cultural de Caracas 97.7 FM
conocemimundo@gmail.com
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